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	<title>PenultimaFrontera</title>
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	<description>Cuentos y relatos por Freddy Vasquez</description>
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		<title>PenultimaFrontera</title>
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		<title>Dos</title>
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		<pubDate>Wed, 03 Dec 2008 20:52:13 +0000</pubDate>
		<dc:creator>frvasquez</dc:creator>
				<category><![CDATA[cuento]]></category>

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		<description><![CDATA[I Una tarde casual, una festividad más. Sin otra pretensión, ese día disfrazado de inocencia fue una fecha importante para ambos. Aurora lo conoció a él; Él conoció a Aurora. Un par de miradas –o una sonrisa tal vez, no lo recuerdan- y dos extensos y lejanos caminos parecieron converger de súbito en ese instante [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=penultimafrontera.wordpress.com&amp;blog=4216196&amp;post=95&amp;subd=penultimafrontera&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>I<br />
Una tarde casual, una festividad más. Sin otra pretensión, ese día disfrazado de inocencia fue una fecha importante para ambos. Aurora lo conoció a él; Él conoció a Aurora. Un par de miradas –o una sonrisa tal vez, no lo recuerdan- y dos extensos y lejanos caminos parecieron converger de súbito en ese instante que unió sus vidas. Sin más que esas sencillas señas ambos fueron a la casa de Mauricio –‘él’- e hicieron el amor como argumento natural de todo lo acontecido ese día.</p>
<p>II<br />
Aurora se marcha temprano. Él descansa de una agotadora noche de pasión. Su piel resuma un sudor que lo refresca de sudores anteriores. La puerta se cierra y ambos fingen no despedirse ni con un silencioso ‘adiós’. Mauricio abre sus párpados, pero no se pregunta a dónde va ni a qué hora llegará, o por qué huye a estas horas cuando el sol apenas despunta sobre las montañas. No le importa.</p>
<p>III<br />
Mauricio cierra el paragua y se apoya en él con elegancia. Había dejado de llover. En la vereda opuesta, una mujer que le roba toda razón camina ansiosa por la avenida perdiéndose entre la muchedumbre que aguarda la luz verde. A dónde irá, a quién sigue.</p>
<p>IV<br />
La mujer no regresa a casa y tan tarde que es. El hombre mira su reloj y de súbito ya son las once de la noche. Sin darse cuenta ya es de madrugada y prefiere cerrar la puerta con doble llave. <em>No llegará</em> sentencia con un dolorcito al orgullo pero no al corazón. Se tiende en la cama solitaria y mira al techo sin dejar de pensar en la mujer que vio en la calle, enredándose entre la avenida y pasajes transversales.</p>
<p>V<br />
Aurora se apaga con las primeras luces de la mañana. Si pudiéramos romper la ventana tapiada y acercarnos a la habitación oscura donde descansa junto a un grupo de desconocidos, seguramente Aurora no sabría decirnos dónde se encuentra ni qué hace ahí.</p>
<p>VI<br />
Mauricio se queda con la mirada puesta en una jovencita de abultado escote. Quiere olvidar.</p>
<p>VII<br />
La noche es una sombra llena de fantasmas, de un cigarro bien fumado y un whisky de poca laya que encontró en oferta. Piensa en ella y se imagina que en algún instante de pausa entre tanta agitación, ella piensa en él. Se conforma con la idea de que en cierto momento ambos están en la misma sintonía y lo disfraza como algo astral, aural, zodiacal, de esta vida, de otras vidas, planetario, del destino.</p>
<p>VIII<br />
Alguien invitó a Aurora a pasar una tarde calurosa en su departamento. Era un sitio espacioso y con cortinas blancas iluminando cada rincón. Lo único que había era un sofá donde Délano se echaba a descansar y un sitial antiguo donde Aurora miraba al hombre dormir. Así pasó toda la tarde, esperando un poco de <em>algo</em>. Lo que fuera ese <em>algo</em>.</p>
<p>IX<br />
El hombre invitó a una mujer sin edad. La escuchaba hablar mientras compartían un café y varios dulces. Una facturita, dos. La escuchaba como un eco lejano, como una radio entonando el ambiente, como una imagen diáfana que le da fuerza a lo que se está observando en primer plano. Y lo que Mauricio observaba en primer plano era a Aurora.</p>
<p>X<br />
Le pareció amable de su parte haber dormido todas esas horas para revitalizarse y así amarla con más pasión. Le pareció dulce y conmovedor que esperase todo ese tiempo sentada en el sitial como una mujer digna para él. Cupo la idea de que el sexo fuera el final de un ritual de paciencia y devoción.</p>
<p>XI<br />
Cecilia guardó silencio porque ya no tenía nada más que decir. A él –que no le dio ninguna importancia a nada de lo que dijo- le pareció un alivio. Pero en el preciso instante en que recogió ese silencio después de varias horas de ruido, su pensamiento cruzó por todos los tejados, atravesó seis puentes y fue a depositarse sigilosamente en la sonrisa de Aurora. Sonrisa que no era para él sino para el hombre que la acompañaba ese día que la vio en el café.</p>
<p>XII<br />
Délano no contestaba. Por más que insistiera en la puerta y el timbre llenara de campanazos la casa, el hombre no contestaba. Aurora sabe que está con otra mujer e insiste con mayor razón, pero Délano es puro silencio. Rendida, sabiendo que no habría otra oportunidad, se protegió bajo un arbolito hasta que la lluvia pasara. Entonces emprendió el viaje hasta el único lugar donde sentía pertenecer.</p>
<p>XIII<br />
Una mujer espigada corría por la vereda del frente con un diario en su cabeza para capear la lluvia. Al otro lado le observaba Mauricio quien se ocultaba bajo su paragua negro. Y aunque era ridículo hacerlo, ofreció llevarla a su destino salvándola de la lluvia. Ella lo miró y aceptó. Ambos se fueron por calles que Mauricio jamás había visto.</p>
<p>XIV<br />
Aurora ve a Mauricio acompañar a la mujer por calles que les era muy familiar. Los observa a distancia y sabe que el hombre está muy entusiasmado. No le importó la situación hasta que la mujer se despide muy afectuosamente de Mauricio y éste marcha. Entonces ella toca el timbre y Délano sale a recibirla. Aurora está destrozada.</p>
<p>XV<br />
Tocan la puerta. Tres golpes secos. Aurora ha regresado. Empapada y todo prefiere aguardar en el umbral. Ambos se miran a los ojos, como debió ser la primera vez (aunque la memoria les falle y no estén tan seguros). Se miran y no dejan de hacerlo por varias horas, cuando la lluvia cesó, el sol regresó con furia, borrando toda huella del mal tiempo, y ellos se siguen mirando. Llega la noche, los árboles agitados, una bruma espesa y ella siente frío. </p>
<p>Mauricio la invita a pasar.</p>
<br />  <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gocomments/penultimafrontera.wordpress.com/95/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/comments/penultimafrontera.wordpress.com/95/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godelicious/penultimafrontera.wordpress.com/95/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/delicious/penultimafrontera.wordpress.com/95/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gofacebook/penultimafrontera.wordpress.com/95/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/facebook/penultimafrontera.wordpress.com/95/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gotwitter/penultimafrontera.wordpress.com/95/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/twitter/penultimafrontera.wordpress.com/95/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gostumble/penultimafrontera.wordpress.com/95/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/stumble/penultimafrontera.wordpress.com/95/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godigg/penultimafrontera.wordpress.com/95/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/digg/penultimafrontera.wordpress.com/95/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/goreddit/penultimafrontera.wordpress.com/95/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/reddit/penultimafrontera.wordpress.com/95/" /></a> <img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=penultimafrontera.wordpress.com&amp;blog=4216196&amp;post=95&amp;subd=penultimafrontera&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></content:encoded>
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		<title>Flores subterráneas</title>
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		<pubDate>Sat, 18 Oct 2008 22:36:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator>frvasquez</dc:creator>
				<category><![CDATA[Uncategorized]]></category>
		<category><![CDATA[cuento]]></category>

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		<description><![CDATA[Me la encuentro por ahí, a la salida de un café, en la vereda húmeda de una calle santiaguina, junto al semáforo y su cuenta regresiva o caminando de donde venga, de una esquina desconocida, de la tienda que jamás me llamó la atención. Como sea, siempre está presente, acaso un fantasma que lucha por [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=penultimafrontera.wordpress.com&amp;blog=4216196&amp;post=91&amp;subd=penultimafrontera&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p class="MsoNormal" style="text-align:justify;text-indent:35.4pt;"><span style="font-size:12pt;line-height:115%;font-family:&quot;">Me la encuentro por ahí, a la salida de un café, en la vereda húmeda de una calle santiaguina, junto al semáforo y su cuenta regresiva o caminando de donde venga, de una esquina desconocida, de la tienda que jamás me llamó la atención. Como sea, siempre está presente, acaso un fantasma que lucha por mantener fresca la memoria de esa mujer que hoy, al alero de un cigarrillo recién acabado, desaparece por la siguiente callejuela. </span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:justify;text-indent:35.4pt;"><span style="font-size:12pt;line-height:115%;font-family:&quot;">Como en tantas otras ocasiones se presentó, esta vez en el metro, en un vagón especialmente agradable, con personas de pie más por el disfrute de la perspectiva que por el deber de estarlo. De ese grupo era yo también, admirando las figuras que se corroen en ventanas que vibran en los túneles entre cada estación. Mi delicada figura parecía salirse del espejo, destacando la blusa blanca entre el negror de esa boca de lobo por donde viajábamos. En fin, la rutina que nunca es rutina, porque nunca es igual, porque las personas cambian; la frescura matinal y el espesor de un día de trabajo en uno y otro viaje. Pero por más que se empecinan en esconderse como una niña más, una señora más, un caballero pensando en la nada más, siguen siendo individuales y vuelven esta rutina sin bemoles en algo totalmente distinto en cada trayecto. <span> </span></span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:justify;text-indent:35.4pt;"><span style="font-size:12pt;line-height:115%;font-family:&quot;">Con dirección Escuela Militar, me convencí de haberla encontrado, con la seguridad de que las otras mujeres que pasaron, incluso miraron y sonrieron, fueron sólo réplicas mentales (como una figura mítica en la historia de mi vida) de ésta que apretaba su manito en un pasamanos, una manito frágil, pero tan firme como si fuera una extensión del vagón, o más bien, el vagón una extensión de ella. Me acerqué tanteando entre otras personas, en el señor que cerraba el paso con su maleta negra de cuero. –Con su permiso-, abría y continuaba. Ella pequeña, se dejaba ver con dificultad, entre personas, barras, por delante de los ecos del túnel; su cabello lacio, castaño claro (¿rubio pude pensar en la adolescencia?), ojos miel, tan armónicos a su tez pálida que a su vez irradiaban algo especial, algo que me obligué a olvidar pero no olvidaba.</span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:justify;text-indent:35.4pt;"><span style="font-size:12pt;line-height:115%;font-family:&quot;">No soy de las crédulas que se convencen de la existencia del destino por el remoto testimonio escuchado en una salida nocturna, de la voz de alguien pasado de copas. Necesito algo más para comenzar a sospechar sobre algunas ciencias; Y el destino me parecía de lo más patético e ingenuo –si se quiere-, como una suerte de excusa para brindar cierta explicación mística a eventos de menor pompa y mucho más aterrizados y explicables por la vieja ciencia de la prevención, negligencia u otros afines que nos describen de mejor manera a los seres humanos. Pero no puedo negar que esa tarde en el metro algo sucedió, algo que pudo caer bajo las ideas de coincidencia, incluso de buena fortuna, pero jamás bajo el Destino, esa palabrita que cae bajo la tutela de un maquinador superior. Pero repito, esa tarde algo sucedió en el metro.</span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:justify;text-indent:35.4pt;"><span style="font-size:12pt;line-height:115%;font-family:&quot;">Su blusa blanca, delgada, cubriéndola como un aura que hacía destellar de ella –desde su rostro- tantos colores como mi corazón podía percibir desde dos asientos a distancia (y acercándome). Tuve el coraje so riesgo de que no me reconociera, de que viera a uno de los que tanto pudo ver en estos veinte años de distancia, de que pasara de largo en sus recuerdos y simplemente me guardara como una aventura pasajera, como un siútico romántico y que este encuentro, esta palabrita que abriese un diálogo de insospechables repercusiones (no me mostraba muy optimista al respecto) simplemente le asentara aún más la idea de lo miserable e indigno que podía resultar alguien enamorado. Pero estaba dispuesto a asumir el riesgo.</span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:justify;text-indent:35.4pt;"><span style="font-size:12pt;line-height:115%;font-family:&quot;">Y si digo que hoy tengo fundadas razones para sospechar en el destino, es porque esa tarde en que mi figura blanca latía al ritmo de la vidriera bajo el túnel del metro, un hombre llegó inmiscuido –subrepticiamente puedo agregar- por entre un gentío que se hacía insostenible en los vagones desde donde procedía. Me miró con ojos que no veía hacía mucho tiempo, y si no fuera por esos ojos, jamás hubiese reconocido ni su sonrisa, ni su cuerpo que ahora estaba más corpulento y yo más esmirriada a su lado. No hubiese alcanzado para recordar sus pálidos besos adolescentes, ni esa única noche de pasión en que todo sucedió tan rápida e incomprensiblemente. ¿Y el destino dónde salta en el evento? Las últimas noches pensaba en él, extrañaba algo de él, quizás su corazón inocente con que se llenó de mí, ese cuerpo que abracé y sentí tan lejano en ese momento, pero que por entonces satisfacía el placer que estaba amaneciendo en mi vida; y que sin embargo, a él pareció satisfacerle toda su alma, llorando luego del sexo, llorando por amor, de felicidad, por mi entrega, por la suya. Tal vez eso era lo que lo hizo tan particular, y que si bien borré durante décadas, volvió como furtivos pensamientos colándose entre mis sueños. Y acá lo tenía.</span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:justify;text-indent:35.4pt;"><span style="font-size:12pt;line-height:115%;font-family:&quot;">Antes de pronunciar palabra alguna sé que me reconoció, sé que me crucé en sus recuerdos, me hice presente en su vida, me hice una figura de carne y hueso. Me hice real.</span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:justify;text-indent:35.4pt;"><span style="font-size:12pt;line-height:115%;font-family:&quot;">No pude resistir esa carga. No pude soslayar esa deuda que contraje al abandonarlo sin razones. Porque pude olvidarlo, pero no sus lágrimas, ora de felicidad, ora de amargura y tristeza. No pude y tuve que hacerlo.</span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:justify;text-indent:35.4pt;"><span style="font-size:12pt;line-height:115%;font-family:&quot;">Ese beso, ese nuevo beso luego de veinte años, fue el ritual que cerró un círculo de deudas conmigo mismo.</span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:justify;text-indent:35.4pt;"><span style="font-size:12pt;line-height:115%;font-family:&quot;">Y esa misma noche hicimos el amor. Y esa misma noche fui yo quien lloró, quien sufrió, quien pedía a gritos un abrazo de verdad, con tanta pasión como entrega. <span> </span>Esa misma noche me reconcilié con el corazón de este hombre, porque por fin pude entenderlo, porque tal vez ahora recién vivía ese mundo adolescente del amor sin razones ni distancias. O quería sentirlo, quién puede saberlo. Tal vez es la primera vez que me enamoro, y es tan doloroso, tan doloroso, como fue el adiós para él.</span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:justify;text-indent:35.4pt;"><span style="font-size:12pt;line-height:115%;font-family:&quot;">Pero esta vez no fue difícil decirle adiós. No hubo ni una herida, ni un rasguño al momento de partir. Solo lo dije, y me fui en paz.</span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:justify;text-indent:35.4pt;"><span style="font-size:12pt;line-height:115%;font-family:&quot;">Y lo dejé ir en paz. Pero el dolor, el dolor…</span></p>
<br />  <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gocomments/penultimafrontera.wordpress.com/91/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/comments/penultimafrontera.wordpress.com/91/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godelicious/penultimafrontera.wordpress.com/91/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/delicious/penultimafrontera.wordpress.com/91/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gofacebook/penultimafrontera.wordpress.com/91/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/facebook/penultimafrontera.wordpress.com/91/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gotwitter/penultimafrontera.wordpress.com/91/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/twitter/penultimafrontera.wordpress.com/91/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gostumble/penultimafrontera.wordpress.com/91/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/stumble/penultimafrontera.wordpress.com/91/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godigg/penultimafrontera.wordpress.com/91/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/digg/penultimafrontera.wordpress.com/91/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/goreddit/penultimafrontera.wordpress.com/91/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/reddit/penultimafrontera.wordpress.com/91/" /></a> <img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=penultimafrontera.wordpress.com&amp;blog=4216196&amp;post=91&amp;subd=penultimafrontera&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></content:encoded>
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	</item>
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		<title>Tres maneras de verlo</title>
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		<pubDate>Sun, 05 Oct 2008 02:23:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>frvasquez</dc:creator>
				<category><![CDATA[cuento]]></category>

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		<description><![CDATA[Modelo de Incertidumbre Una aeronave surca los cielos de Llanos Viejos y deja caer un misil que detona sobre un edificio comercial a las afueras de la ciudad. Saldo: Treinta muertos, doce heridos. El Presidente de Llanos Nuevos habla en cadena nacional. ‘Hemos recibido noticias sobre un posible atentado en Llanos Viejos. Al parecer un [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=penultimafrontera.wordpress.com&amp;blog=4216196&amp;post=89&amp;subd=penultimafrontera&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><span style="font-size:12pt;line-height:115%;font-family:&quot;">Modelo de Incertidumbre</span></p>
<p class="MsoNormal"><span style="font-size:12pt;line-height:115%;font-family:&quot;"><span> </span><em>Una aeronave surca los cielos de Llanos Viejos y deja caer un misil que detona sobre un edificio comercial a las afueras de la ciudad. Saldo: Treinta muertos, doce heridos. El Presidente de Llanos Nuevos habla en cadena nacional.</em> ‘Hemos recibido noticias sobre un posible atentado en Llanos Viejos. Al parecer un ataque sorpresa ha destruido un importante edificio y ha producido un sinnúmero de muertos, otros tantos heridos, y mucho dolor en el pueblo del país vecino. Deben saber que como una nación democrática no toleraremos bajo ninguna circunstancia un evento que ponga en riesgo la paz de la zona, y le digo a mi pueblo que pueden dormir tranquilos: El gobierno pondrá atención en lo que ocurra en Llanos Viejos y tomará las acciones pertinentes si fuera necesario. Viva Llanos Nuevos, viva la paz’.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span style="font-size:12pt;line-height:115%;font-family:&quot;"> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span style="text-decoration:underline;"><span style="font-size:12pt;line-height:115%;font-family:&quot;"><span style="text-decoration:none;"> </span></span></span></p>
<p class="MsoNormal"><span style="font-size:12pt;line-height:115%;font-family:&quot;">Modelo de Guerra</span></p>
<p class="MsoNormal"><span style="font-size:12pt;line-height:115%;font-family:&quot;"><span> </span><em>Una aeronave surca los cielos de Llanos Viejos y deja caer un misil que detona sobre un edificio comercial a las afueras de la ciudad. Saldo: Treinta muertos, doce heridos. El Presidente de Llanos Nuevos habla en cadena nacional.</em> ‘El día de hoy el país de Llanos Viejos ha demostrado su arrogancia al no escuchar nuestra advertencia. Han cometido un cobarde ataque sobre su pueblo, asesinando a una treintena de inocentes. Una muestra más del tipo de gobierno que existe en esta nación. No podemos tolerar dicha injusticia, y por la salvación del pueblo de Llanos Viejos y por nuestra seguridad, iniciaremos una campaña que nos llevará a derrocar el gobierno de ese país. Por nuestro país, por Dios, por la paz.’ </span></p>
<p class="MsoNormal"><span style="font-size:12pt;line-height:115%;font-family:&quot;"> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span style="font-size:12pt;line-height:115%;font-family:&quot;">Modelo de Paz</span></p>
<p class="MsoNormal"><span style="font-size:12pt;line-height:115%;font-family:&quot;"><span> </span><em>Una aeronave surca los cielos de Llanos Viejos y deja caer un misil que detona sobre un edificio comercial a las afueras de la ciudad. Saldo: Treinta muertos, doce heridos. El Presidente de Llanos Nuevos habla en cadena nacional.</em> ‘Nuestras fuerzas armadas han destruido la base del gobierno de Llanos Viejos. Han muerto las principales cabezas de ese régimen del terror. Con esta caída –y por el bien del pueblo caído en desgracia- <span> </span>iniciaremos la unión de ambas naciones para conformar un Gran Llanos. Parte del ejército se dirige en estos momentos a la capital de Llanos Viejos para reorganizar aquel país. Les digo, así mismo, que nos esforzaremos por mantener la paz conseguida el día de hoy. Viva Gran Llanos, viva la paz’. </span></p>
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		<title>Atlas</title>
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		<pubDate>Tue, 09 Sep 2008 05:17:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>frvasquez</dc:creator>
				<category><![CDATA[cuento]]></category>

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		<description><![CDATA[El viejo se aprestaba por una taza de café. Era temprano, antes del mediodía, y la lluvia se sentía como un delicado murmullo tras los cristales de restaurant. En el fondo no estaba ahí por el café, ni por el lugar, que tampoco le parecía gran cosa. Su razón era el libro al que le [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=penultimafrontera.wordpress.com&amp;blog=4216196&amp;post=86&amp;subd=penultimafrontera&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p class="MsoNormal" style="text-align:justify;text-indent:35.4pt;"><span style="font-size:12pt;line-height:115%;font-family:&quot;">El viejo se aprestaba por una taza de café. Era temprano, antes del mediodía, y la lluvia se sentía como un delicado murmullo tras los cristales de restaurant. En el fondo no estaba ahí por el café, ni por el lugar, que tampoco le parecía gran cosa. Su razón era el libro al que le despojaba de su envoltura verde con toda calma, deshojándola frente al placer que producía esa batalla entre la ansiedad y la demora, y cuyo único ganador era este viejo con alma de niño, engalanado con un abrigo grueso, con el sombrero dejado en el perchero detrás de su silla, y la dedicación que demandaba ese ritual de scotch y papel, pliegue y el scotch, que iba arrastrando fibras de papel. Aunque en el fondo no le importaba, daba buen vistazo hacia su alrededor, a otros comensales sentados en mesas contiguas, a ver si alguno acertaba al significativo volumen que iba desenvolviendo metódicamente.</span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:justify;text-indent:35.4pt;"><span style="font-size:12pt;line-height:115%;font-family:&quot;">Había preferido este restaurant por su conveniente ubicación junto a la Librería Nacional donde había adquirido el libro. Así –pensaba él- lo mantendría alejado de cualquier gotita de lluvia que pudiese colarse entre la bolsa y el envoltorio de papel, y consecuentemente al libro, manteniendo a éste en total puridad, con el rigor del novio que espera la honra de su mujer en la noche de bodas. Bajo esa mirada, el lugar jugaba a su favor, y tanto dar vueltas, destapar papeles y otras vueltas, vino a dar con el volumen íntegro y desnudo: El Atlas Ilustrado de Arturo Gámez, profesor, dibujante y por sobre todo un amante de la historia, de sus batallas, sus glorias y también sus miserias. Para el viejo, ese Atlas era un auténtico tesoro, y no es que fuera muy caro (muy), sino que era un libro que vio alguna vez en la casa de Alfonsina Rey, compañera de universidad por allá por los sesenta. </span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:justify;text-indent:35.4pt;"><span style="font-size:12pt;line-height:115%;font-family:&quot;">Acostado en la mesa de centro, como una auténtica reliquia de familia, el Atlas permanecía abierto, con su panza llena de líneas, esquemas y caricaturas acerca de Napoleón y sus batallas. Las vio una a una, hojeó mientras Alfonsina estudiaba, y a ella, que le parecía un libro ‘de poca importancia y mucho detalle’ no le causaba la menor gracia ver a su amigo ensimismado en ese atlas. Hoy, viejo, apostaba que Alfonsina jamás pudo distinguir el afán, la obsesión y el amor que le despertó ese libro inalcanzable, escondido en los recuerdos, enredado y olvidado junto a todas las experiencias que tuvo en esa universidad.</span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:justify;text-indent:35.4pt;"><span style="font-size:12pt;line-height:115%;font-family:&quot;">Palpaba la tapa. Perfecto. Miraba el encuadernado. Perfecto. Respiraba el aroma de esas páginas claras y virginales, de litros de tinta, de papel opaco, de filigranas enmarcando cada mapa que alguna vez dibujara Arturo Gámez. Procuraba limpiarse las manos con el mantel repetidamente para no engrasar las esquinas de las hojas, mientras llenaba sus ojos de esas reproducciones tan bien rescatadas e impresas que las apostaba originales, provenientes de la auténtica pluma de su autor. La señorita trajo el café, no le importó. Ella se veía generosa detrás de la blusa, no le importó. Ni siquiera el café, caliente o frío, amargo o dulce, tazón o tacita. Cada estímulo de su cuerpo se centraba en esas láminas que se sumaban una tras otras, advirtiendo que –a diferencia de cualquier otro libro- el número de edición estaba impreso en el colofón. ‘Vigésima Cuarta Edición, Noviembre 1996’. Ni la ‘Tercera Edición, julio 1961’ podía competir con su mastín, más actualizado, con una vibrante biografía del autor en páginas cremas y bordes dorados. Trató de recordar detalles del primer Atlas –el de Alfonsina-, y en verdad cada página no solo traía la vívida imagen de su hojeo años ha, sino que despertaban otras memorias, algunas historias personales y otros hitos que o por su edad o por lo que creía un obsesivo desapego hacia el pasado había sepultado casi completamente. Y ahí una batalla, y también la primera vez que fue a casa de Alfonsina, acá una ilustración de Napoleón perdido en la Isla de Elba y enredado en el recuerdo de la noche en que esta compañera de curso le presentó a Eleonora, su primer y fugaz amor, casi prohibido, casi para toda la vida; Y más hojas, más historias, más tiempo para galopar por los recuerdos, y el atlas que comenzaba a quedar postergado irremediablemente a favor de pequeños detalles que iban iluminando el oscuro túnel del pasado de este viejo. </span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:justify;text-indent:35.4pt;"><span style="font-size:12pt;line-height:115%;font-family:&quot;">¿Una lágrima? Tal vez. Un sermón, más que seguro. El de su padre con la misma retórica del <em>sé responsable, los ojos abiertos</em>, y el clásico y odioso <em>las vueltas de la vida</em>. Todo concentrado en estos pliegos que se batían como un trueno mientras avanzaban unas tras otras, hasta que por fin decidió cerrarlo y devolverlo a la bolsa, sin olvidar el montón de papel verde ahora inútiles. Cerró los ojos sintiéndolos espesos y los volvió a abrir, libres, que miraran a discreción cuanto se entregaba ante sí: El café consumido, la cuchara todavía humeante, el platillo con las sobras de una galleta de mantequilla cortésmente apoyada a la taza. Respiró y sonrió para sí. En ese instante fue consciente de que jamás saboreó el café, que había escogido este restaurant por pura estrategia invernal y que se había sumergido en una obsesión juvenil hasta conseguirlo. Dónde había quedado su propio sermón del <em>de aquí para adelante, </em>de la libertad y de vivir. Dónde su compulsiva idea del desapego, de <em>los recuerdos atrapan</em>, si él toda su vida había sido un largo recuerdo decantado en la obsesión de recuperar el Atlas de Arturo Gámez, porque en él, en sus hojas, también estaba su vida, escritas debajo de las de Gámez, escondidas en interlíneas indescifrables, salvo para él. </span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:justify;text-indent:35.4pt;"><span style="font-size:12pt;line-height:115%;font-family:&quot;">Abrió su monedero con el resto de dignidad y dejó un billete sobre la mesa. La puerta se cierra suave mientras un mozo le desea los buenos días. <em>Hasta luego</em>, le replica. Y ahí va una sombra caminando, entregado a la lluvia, con su libro en el brazo, un gran libro que se desvanece bajo el temporal. El Atlas Ilustrado de Arturo Gámez, Vigésima Cuarta Edición, Noviembre 2006.</span></p>
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		<title>Ley del Talión</title>
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		<pubDate>Fri, 29 Aug 2008 03:04:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>frvasquez</dc:creator>
				<category><![CDATA[cuento]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p><!--[if gte mso 9]&gt;  Normal 0   21   false false false  ES-CL X-NONE X-NONE              MicrosoftInternetExplorer4              &lt;![endif]--><!--[if gte mso 9]&gt;                                                                                                                                            &lt;![endif]--> <!--[if gte mso 10]&gt;-->  <!--[endif]--><span style="font-size:12pt;line-height:115%;font-family:&quot;">Salem cometió un crimen: Asesinó a un hombre en una riña. Dicho error –como calificaría después en la audiencia- tuvo sus costos para él. Cuando creía que la vieja ley del Talión recaería con una muerte segura en la horca, un joven y dolido muchacho llegó a comparecer frente al juez. Con sus ojos llenos de lágrima, suplicó al usía que comprendiese su punto: Que Salem no había cometido el acto de asesinar, sino de causarle dolor al hermano que perdía a un hermano, y que si la ley se ajustaba a lo que había arrebatado, entonces el asesino debía perder a su hermano para que se igualara la pena que el tenía. El juez consideró el hecho y mantuvo la sanción pero cambió a la persona. A la mañana siguiente el asesino veía cómo su hermano mayor, hombre justo, observador de la ley y un buen padre y marido, agonizaba con una cuerda que se apretaba en la garganta y le asfixiaba lentamente. Pudo haber terminado esto aquí, con el dolor que partía el alma de Salem, con la pena algo más cicatrizada del hermano gracias a la decisión del señor juez, pero una nueva moción llegó al tribunal y Salem se sobresaltó con la noticia: Esta vez era el padre del asesinado el que acudía a la justicia para compensar esa agonía viva que era perder un hijo. <em>Si él lo había perdido, entonces Salem también</em>. Pocos días después, Salem tuvo la horrible experiencia de observar tras su celda, -sin dejar de gritar, suplicar, chillar por su hijo- cómo su vástago era sumergido en el río hasta morir. Los testigos veía la pequeña ventana de la celda como una boca que agonizaba en un lamento desgarrador. Entonces, el hombre que había perdido a su hijo sintió algo de sosiego al escuchar los aullidos de Salem. La noche no llegaba entera todavía, porque una voz delgada se presentó ante la corte. <em>Yo perdí a un padre</em>. Otra insoportable pesadilla para Salem, otra muerte de un ser amado por su causa; más lágrimas, más piedades, más dolor. La Ley del Talión se aplicó con toda su rigurosidad, y no solo dio muerte al hermano, al hijo y al padre de Salem, -que al menos tenían sangre de su sangre y con toda la inocencia frente al acto del asesino, heredaron por derecho propio parte de la atrocidad cometida por el hombre- , sino que continuaron con familias lejanas, con sus amigos y sus vecinos. Al cabo de unos meses, y es cosa de imaginarse, Salem estaba solo en la vida. Viviendo en soledad en su hogar. En soledad en toda la manzana de su población, y caminar por el pueblo solo acrecentaba su desgracia, pues la gente le quitaba la mirada y alejaba como si portase una enfermedad sumamente contagiosa, pero en verdad lo poseía: El pago por su crimen no tenía fecha de caducidad y cualquier atisbo de acercamiento a alguien significaría una nueva moción y una nueva víctima de la Ley del Talión. Y así terminó la vida de Salem, abandonado en su casa, comiendo a veces, errando como un fantasma en las calles. <em>Ahí va Salem</em>, decían, <em>ahí va Salem a rastras</em>, le decía la madre a un hijo, y le contaba la historia de ese viejo triste y desalmado para aleccionarlos para que siguiera el buen camino y no el mal. <em>Ahí va ese hombre al que no puedes saludar.</em></span></p>
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		<title>Curiosidades del espacio-tiempo: Señor Carpenter.</title>
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		<pubDate>Thu, 31 Jul 2008 04:29:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>frvasquez</dc:creator>
				<category><![CDATA[cuento]]></category>

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		<description><![CDATA[¡Sí, sí! &#8211; Exclamaba Edmund Carpenter desde la sala de director. Después de años de complejos estudios y laborioso trabajo, terminaba con éxito la construcción de la primera y auténtica máquina del tiempo, porque en simples palabras era eso. Para Carpenter era más que un logro tecnológico: era la culminación de todo su capital y [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=penultimafrontera.wordpress.com&amp;blog=4216196&amp;post=78&amp;subd=penultimafrontera&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p class="MsoNormal" style="text-align:left;"><span lang="ES-MX"><em>¡Sí, sí!</em> &#8211; Exclamaba Edmund Carpenter desde la sala de director. Después de años de complejos estudios y laborioso trabajo, terminaba con éxito la construcción de la primera y auténtica máquina del tiempo, porque en simples palabras era eso. Para Carpenter era más que un logro tecnológico: era la culminación de todo su capital y su esfuerzo por conseguir la manera de borrar de la historia y la memoria al maldito General Guimarey, antiguo genocida que marchitó una era próspera de la humanidad, convirtiéndola en sangre y muerte a través de una guerra que duró no menos de quince años. Por eso Carpenter fundó su compañía de robótica, subsidió investigaciones universitarias acerca del sub-átomo e inició el significativo estudio que hoy rendía sus frutos.</span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:left;"><span lang="ES-MX"><span> </span>La idea era simple y eficaz: Un voluntario enviado al pasado para que asesinase al General en su niñez, cuando no era nadie y nadie le resguardaba, para lo cual Carpenter no tenía tiempo que perder. Había sido demasiado el daño y le urgía cuanto antes que su deseo se hiciera realidad: “Jamás sucedió, la historia lo borrará de sus libros, pero lo más importante es que desaparecerá de la memoria del Hombre, porque con él se irá la maldad, el exterminio y el sufrimiento extremo con que las naciones padecieron a este malnacido”. </span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:left;"><span lang="ES-MX"><span> </span>Rickford, la mano derecha de Carpenter, se sentaba en el cuarto de cómputos junto a un cuaderno con que llenaría la información que requerían los formularios. La fábrica de robótica hoy sería el punto de lanzamiento a esta travesía que salvaría millones de vidas –aún en retrospectiva- y recuperaría a la Tierra y sus naciones de una herida que aún no superaban. Rickford anotaba la hora en que el voluntario entraba en la cápsula de envío, las medidas eléctricas que arrojaban las fuentes, siempre pendiente de evitar la sobrecarga. Signos de vidas, anotado en el recuadro del papel. “Todo en funcionamiento, jefe.”, y entonces el zumbido que venía desde el galpón principal y hacía temblar el cristal de la puerta de Rickford, quien notaba cómo la habitación se iluminaba de un haz esmeralda que aumentaba en su fulgor. Aumentaba, aumentaba, como el zumbido que se volvía irresistible. Cómo sería en el galpón, donde Carpenter era testigo del evento más trascendente de la historia, cómo sería ese ruido insostenible, la luz cegadora. Y mientras pensaba y padecía tales cosas, todo, absolutamente todo, pareció contraerse en un instante de silencio y oscuridad absoluta, donde Rickford pudo sentir su leve resuello, hasta que una energía infinitamente superior a cualquiera otra experimentada, invadió cada partícula de la habitación y del hombre quien caía con todo su peso sobre la silla y su pecho y cabeza azotadas contra la mesa.</span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:left;"><span lang="ES-MX"><span> </span>Entonces, el silencio.</span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:left;"><span lang="ES-MX"><span> </span>Rickford, recuperado del golpe, respiró aliviado mirando su cuaderno de notas, donde había quedado todo muy bien documentado. Dirigió su mirada a la puerta que le separaba del galpón de la fábrica y de su jefe, el voluntarioso Edmund Carpenter. Notó que dentro de sus apuntes faltaba el dato más importante de todos los que había por resolver. Entonces abrió la puerta presuroso y afuera se topó con Carpenter, quien observaba, como de costumbre, cada detalle de las operaciones de su fábrica.</span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:left;"><span lang="ES-MX"><span> </span>-¿Alguna pregunta Rickford?- Le preguntó sin girarse el director.</span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:left;"><span lang="ES-MX"><span> </span>-En realidad sí. El modelo Clase, número 7 ¿cuántas unidades necesitaba?</span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:left;"><span lang="ES-MX"><span> </span>-Diez mil, Rickford, diez mil unidades. En cajas de dos mil.</span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:left;"><span lang="ES-MX"><span> </span>-<em>…cajas…de…dos mil… </em>-apuntaba-<em> </em>muy bien, señor Director, con su permiso.</span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:left;"><span lang="ES-MX"><span> </span>Rickford volvía a su cuarto, mientras Carpenter seguía feliz, muy feliz, por este, su gran orgullo y razón de todos sus esfuerzos: La fábrica de zapatos más prestigiosa de Inglaterra, que hoy cumplía otro gran hito: Exportamos a América, muchachos.</span></p>
<br /><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/categories/penultimafrontera.wordpress.com/78/" /> <img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/tags/penultimafrontera.wordpress.com/78/" /> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gocomments/penultimafrontera.wordpress.com/78/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/comments/penultimafrontera.wordpress.com/78/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godelicious/penultimafrontera.wordpress.com/78/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/delicious/penultimafrontera.wordpress.com/78/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gofacebook/penultimafrontera.wordpress.com/78/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/facebook/penultimafrontera.wordpress.com/78/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gotwitter/penultimafrontera.wordpress.com/78/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/twitter/penultimafrontera.wordpress.com/78/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gostumble/penultimafrontera.wordpress.com/78/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/stumble/penultimafrontera.wordpress.com/78/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godigg/penultimafrontera.wordpress.com/78/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/digg/penultimafrontera.wordpress.com/78/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/goreddit/penultimafrontera.wordpress.com/78/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/reddit/penultimafrontera.wordpress.com/78/" /></a> <img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=penultimafrontera.wordpress.com&amp;blog=4216196&amp;post=78&amp;subd=penultimafrontera&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></content:encoded>
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		<title>Pequeños imponderables, grandes aproblemados</title>
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		<pubDate>Mon, 28 Jul 2008 22:33:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>frvasquez</dc:creator>
				<category><![CDATA[cuento]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p class="MsoNormal"><span style="font-size:12pt;line-height:115%;font-family:&quot;"> </span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:justify;"><!--[if gte mso 9]&gt;  Normal 0   21   false false false  ES X-NONE X-NONE              MicrosoftInternetExplorer4              &lt;![endif]--><!--[if gte mso 9]&gt;                                                                                                                                            &lt;![endif]--> <span style="font-size:12pt;line-height:115%;font-family:&quot;">No fue un buen día para mí –¡Qué iba a serlo!- con algo de fiebre, la garganta desmenuzada en trocitos y las amígdalas evaporadas con un aliento pesado y pestilente. Así, con una migraña de perros, miraba el techo blanco y desnudo la cosmología de insectos muertos, manchas de animalejos reventados durante las calurosas noches de San Felipe, y mientras las cortinas y las ventanas bailaban al ulular de la media tarde, un extraño sonido llegó a mi mente sin aviso. Un sinuoso y murmurante <em>tic, tic, tic, tic</em> sentía desde mi oído izquierdo. Un pulso casi sin volumen pero de un tono enervante, <em>tic, tic, tic, tic,</em> ¿qué era eso? Mirar no funcionó. Porque al girar en la dirección de la fuente, dejé de percibir el compás, así que volví a la posición original. Y ahí, otra vez, el enanito martillaba. Tenté con mis órbitas todo a la siniestra. Me esforcé hasta que las cuencas parecían salirse y los ojos destellaban por sus músculos estrangulados en el esfuerzo. Nada. No había nada más que un velador con su respectiva lámpara y un cuaderno en blanco. Qué curioso, nada de eso podría lograr el sonido. De pronto, en medio de esa observación, el curioso ruidito se detuvo. ¿Qué pasó? ¿Fue una mala jugada de mis oídos? Tal vez un grado leve de delirio producto de la fiebre. Descansé con esa segunda idea. Los paños fríos que me ponía en la frente y las axilas cada cuando en cuando ya surtirían efecto y todo volvería a la normalidad. Pero no. Otra vez. <em>Tic, tic, tic, tic</em>. Intenté enderezarme con la complexión mustia de un enfermo y sin ceder a otra coordenada, acerqué mi cabeza hacia el velador, pero siempre mirando hacia arriba y el compás entonces aumentaba. ¡Ajá! Aquí es la cosa. Revisé la superficie de la mesa, la lámpara, a ver si algún alambre de la pantalla hiciera el juego con la ampolleta, y el cuaderno, cuyo espiral plástico dejé cuidadosamente sobre el tejido a croché. Sin roce, la posibilidad de que el martillo volviese disminuía. Me estiré y aguardé sobre los efectos de mi delicada maniobra. <em>Tic, tic, tic, tic</em>. ¡Carajos! Ya me imaginaba con la tortura durante la noche, sin poder conciliar el sueño, embriagado en el sonido mismo y más en la búsqueda de las razones que lo provocaban. Ya, ya, esto está en el primer cajón del velador: Vacío. Saqué el cajón, lo puse sobre la cama, cerré los ojos. El martilleo persistía. Revisé las conexiones eléctricas alrededor del velador, me tuve que acuclillar y husmear a ras de piso, con el dolor de cabeza asaltándome cada vez que me encogía. ¡Ay, ay! Pero no había nada que pareciese sospechoso. <em>Tic, tic, tic, tic</em>, y el maldito que reaparecía cada vez que me estiraba en la cama. Me levantaba, desaparecía. Acostado, el martilleo. Así fueron horas, en donde ni la buena lectura me sacó del murmullo que por inconstante se hacía notar más, en cada pausa y en cada regreso. El libro y las letras, las letras y mirar a la izquierda, nada. Regresar al renglón, me perdí ¿dónde iba? ¡No, no! Me levanté con toda la indignación que vino como fiebre galopante ¡En algún lado debe estar! Los ojos vidriosos porque ya no soportaba la luz. Entonces me senté en la cama, cerré los ojos y moví la cabeza lentamente, de manera ecuatorial, buscando el centro del compás, ya que mi oreja izquierda me dio una seña de dónde provendría. De un lado a otro, el <em>tic, tic</em> escapaba, luego se centraba, luego al otro lado. Por fin, luego de aplicar el ejercicio tantas veces hasta que estuve seguro, detuve mi cabeza y abrí los ojos: La ventana. Miré el marco, el seguro, las cortinas en movimiento, las perchas que fijaban los visillos. Parecía en orden. Me asomé, con los aires refrescantes que con esa fiebre parecieron paralizarme. Afuera, en el primer piso, el patio demarcado con un muro y una pieza de lata remachada a la mala con el constante palpitar que atormentaba mi cabeza. Ahí estaba. No pensé nada hasta que me vi con las manos desgarrando de cuajo el pedazo de lata que apenas se sostenía, pero que insistía con el martilleo que se hacía persistente e insufrible. Ay, ay, sácalo ya, me decía entre manos ensangrentadas y que se esforzaban hasta sacar el último remache para precipitarme de espaldas y la lata aflojada traída junto a mi pecho. La caída dolió, y lo digo porque estuve un rato tragando el polvo pero con la paz de haber terminado con el <em>tic, tic,</em> insistente. Miraba y por más que el resto de las piezas se agitaran al viento, el dichoso compás había muerto. Ahora sí, dije, ahora sí que podré leer tranquilo, o estirarme, mirar al techo en paz, con la satisfacción de haberlo resuelto, con la seguridad de esconder esta pieza de metal y olvidarme del <em>tic tic</em> que ya me tenía enfermo de los nervios. Abandonado en mi cama con una sonrisa, forcé mis piernas hasta que el dolorcillo de la tensión lo permitiera y abrí mis brazos dejándolos caer muertos. Respiré profundo, sintiendo la vivacidad del tórax que se articulaba como una vejiga. Pero en cuanto el primer pensamiento se alejó por completo de toda la batalla anterior, el duende maldito volvió a martillar. Me asomé y no era otra lata, y ni siquiera venía de afuera. Ahora estaba seguro que era adentro. Dónde. El ropero, lo abrí. Busqué entre ropas añejas algún crujido inexistente. El entablado del piso, las patas de la cama, tampoco. ¿El reloj del comedor? Ahí estaba, con su péndulo lustroso, marcando cada segundo, pero de bulla, ruido, sentencia, suspiro (¡Llámenlo como quieran!), nada. <span> </span>¿Qué era, Dios mío? Ya se hacía de noche y las sombras empañaban la búsqueda. Y lo que resultó ser, fue algo que jamás percibí amenazante, algo que en mi desesperado mapa mental daba por alto por ser un objeto tan inocuo que ni siquiera lo incluí en el inventario de la habitación. Quién diría que toda mi desdicha radicaba en un cenicero de superficie cóncava que en la imperceptible vibración del piso se golpeaba sobre la mesa de vidrio. Y siempre estuvo ahí, mirándome, tal vez jactándose de mi locura, buscando la manera de que perdiera el juicio. Porque estuve –y no exagero- a un minuto más de búsqueda, a un objeto más que no produjese el ruidito, de que la desesperación me destruyera por completo. El cenicero, solito ahí, riéndose, mofándose de mi estado, aunque en el fondo sigue desalmado, objeto sin ninguna culpa del desgraciado frenesí en que me sostuve, en un pésimo día que ya venía de a saltos y tropiezos con esa gripe que me tenía a medio morir. </span></p>
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		<title>Vargas</title>
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		<pubDate>Thu, 24 Jul 2008 03:50:12 +0000</pubDate>
		<dc:creator>frvasquez</dc:creator>
				<category><![CDATA[cuento]]></category>

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		<description><![CDATA[Caminar por las calles más transitadas resulta toda una odisea para Vargas. Se siente el singular descuadre de alguna pintura de Picasso y siendo así, cree que en él recaen todas las miradas del lugar. A veces ocurre, como cierta tarde en que Vargas miraba fijamente al horizonte, manos en los bolsillos, con un chicle [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=penultimafrontera.wordpress.com&amp;blog=4216196&amp;post=72&amp;subd=penultimafrontera&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
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<p class="MsoNormal"><span lang="ES-MX"> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-MX"><span> </span>Caminar por las calles más transitadas resulta toda una odisea para Vargas. Se siente el singular descuadre de alguna pintura de Picasso y siendo así, cree que en él recaen todas las miradas del lugar. A veces ocurre, como cierta tarde en que Vargas miraba fijamente al horizonte, manos en los bolsillos, con un chicle masticado por horas. En eso que se distrae y se le aparece sin previo aviso un grupo de escolares, esos que más que futuros aportes a la sociedad resultan unos pililos uniformados, de los que nacen, crían y se desarrollan con el solo propósito de sumar “uno” en el próximo censo y donde las únicas veces que logran conciliar los pensamientos con las ideas son para largar un chiste ofensivo y por lo general grosero. De esos hablo, de esa calaña. Y este grupito era de lo peor, Vargas lo tuvo claro desde el instante que los vio. Y maldiciendo al destino por no haber cruzado a la vereda del frente, notó que uno de ellos ya lo tenía en su mira y Vargas, enterado de lo que venía, sacó las manos de los bolsillos, y a medida que se acercaban, esperó lo peor. En la distancia de contacto, el estudiante comentó algo acerca de la desfigura de Vargas, lo que causó las burlescas risotadas de los demás. Vargas también sonrió y –lejos de molestarle- pareció agradecerle al muchacho, a quien le palmoteó la espalda en aprobación. El gesto pudo parecer estúpido e indigno, porque la broma no era liviana, era una pesadez que en cualquier otra circunstancia le hubiese herido el autoestima. Pero no hoy, no en ese momento, en que Vargas volvió sus manos a los bolsillos, tal vez buscando un chicle nuevo, porque el anterior estaba asqueroso, repugnante, y se alejaba con su nuevo dueño, quien todavía se reía de Vargas, a quien sin dudas lo recordaría por largo tiempo.</span></p>
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		<title>Por la noche</title>
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		<pubDate>Tue, 22 Jul 2008 21:26:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>frvasquez</dc:creator>
				<category><![CDATA[cuento]]></category>

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		<description><![CDATA[Marie y Roberto toman el desayuno. Se miran, aunque no hay mucho que ver. El azúcar espesando el té, un pan tostado sin nada y la ambigua conversación de la radio llenando la cocina. Cada uno prueba su té. Falta azúcar, piensa Roberto. Acá tienes el azucarero, le hace entender Marie y sigue con el [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=penultimafrontera.wordpress.com&amp;blog=4216196&amp;post=68&amp;subd=penultimafrontera&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p class="MsoNormal" style="text-indent:35.4pt;"><!--[if gte mso 9]&gt;  Normal 0   21   false false false  ES X-NONE X-NONE                           &lt;![endif]--><!--[if gte mso 9]&gt;                                                                                                                                            &lt;![endif]--> <span lang="ES-MX">Marie y Roberto toman el desayuno. Se miran, aunque no hay mucho que ver. El azúcar espesando el té, un pan tostado sin nada y la ambigua conversación de la radio llenando la cocina. Cada uno prueba su té. Falta azúcar, piensa Roberto. Acá tienes el azucarero, le hace entender Marie y sigue con el suyo, más interesada en el chirrido de la radio. Roberto busca la mirada que jamás encontrará de su esposa, ya lista para marchar al trabajo, con su atuendo corporativo, esa chaqueta de listones blancos y amarillo lúcuma, tan feo que lo encontraba pero que empezaba a extrañar incluso para el chiste que a ella jamás le hizo gracia, el ya clásico “pareces chirimoya alegre”. Se levanta, se retira. La puerta cerrada de golpe y Roberto en la mesa, aún pensando en su mujer extraviada, perdida en los quehaceres de oficina, en las preocupaciones que arrastra a la casa, en esa mujer que ya no está y que a veces la mira al dormir y la desconoce, como si fuera una amante o simplemente alguien que quiso compartir el calor de la cama con un individuo solitario. Con Roberto. </span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent:35.4pt;">
<p class="MsoNormal" style="text-indent:35.4pt;"><span lang="ES-MX">Por la noche regresa, saluda a sus críos, le pregunta cómo estuvo todo y un beso protocolar para las apariencias. Marie lleva a los niños a dormir. Les cuenta algo, la historia de una princesa triste que ya no busca al príncipe. Cosa de dos minutos para quedar desocupada, saboreando las sobras del almuerzo o una leche antes de volver a los problemas del trabajo. Luego un baño, descanso, y dormir. Ahí es cuando Roberto la mira y la consuela en silencio, mirando la ventana, las estrellas que se asoman de a puñados, y piensa en todas ellas, en su belleza sublime, en cómo alguna vez fueron la inspiración de su amor con Marie, en dedicarle alguna de ellas a su novia, luego su mujer, hoy una mujer distante que comparte su cuarto. Y pese a la hermosura del cosmos, también vio que son una ilusión, que en verdad no podía estar seguro que las estrellas siguieran allí. Esa luz, lejana, titilante, pudiera ser un recuerdo de algo que se apagó hace miles o millones de años. Una ilusión que el cielo se esmera en aparentar. Como Roberto y el matrimonio. Como Marie y su lealtad para con la familia. Ni siquiera lo mira, ni siquiera su voz metálica con el “buenas noches” que de algo habría emulsionado otra noche triste y solitaria, como las estrellas pintadas en el cielo, estrellas añejas, de otros tiempos. Para cuando Roberto se acercó a la ventana, terminó de abrir las cortinas y contemplar el cosmos, una estrella fugaz recorrió la noche. Entonces, al ver maravillado aquél fenómeno, quiso entender que no todo lo que se hallaba ahí era una mentira, porque ese fragmento que cruzó el cielo es algo nuevo, fresco, algo único, algo solo para él. Verlo pasar era un tesoro en sí, un símbolo de que entre la oscuridad y sus sombras había algo que brillaría para él. Fue entonces que sintió ese calorcito que no sintió por meses, una electricidad en la espalda, cuando su piel se unió a la de Marie, parada junto a él, observando el mismo recuerdo de la estrella fugaz. Lo miró. Quizás hubo una sonrisa. Con su voz metalizada lo convidó a regresar a la cama. Marie regresaba.</span></p>
<br /><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/categories/penultimafrontera.wordpress.com/68/" /> <img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/tags/penultimafrontera.wordpress.com/68/" /> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gocomments/penultimafrontera.wordpress.com/68/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/comments/penultimafrontera.wordpress.com/68/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godelicious/penultimafrontera.wordpress.com/68/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/delicious/penultimafrontera.wordpress.com/68/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gofacebook/penultimafrontera.wordpress.com/68/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/facebook/penultimafrontera.wordpress.com/68/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gotwitter/penultimafrontera.wordpress.com/68/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/twitter/penultimafrontera.wordpress.com/68/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gostumble/penultimafrontera.wordpress.com/68/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/stumble/penultimafrontera.wordpress.com/68/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godigg/penultimafrontera.wordpress.com/68/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/digg/penultimafrontera.wordpress.com/68/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/goreddit/penultimafrontera.wordpress.com/68/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/reddit/penultimafrontera.wordpress.com/68/" /></a> <img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=penultimafrontera.wordpress.com&amp;blog=4216196&amp;post=68&amp;subd=penultimafrontera&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></content:encoded>
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		<title>El último pensamiento libre de Felipe Larra</title>
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		<pubDate>Sun, 20 Jul 2008 03:53:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>frvasquez</dc:creator>
				<category><![CDATA[cuento]]></category>

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		<description><![CDATA[Engrillado, con la primera luz de la mañana colándose por las rejillas, pensaba en sí mismo, en el juicio, la sentencia. Con una vida dejada al azar, ahora sus ojos miraban el cielo pálido con que el día se despedía de su existencia. Pese a esto, se diría que estaba en calma consigo mismo, tal [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=penultimafrontera.wordpress.com&amp;blog=4216196&amp;post=64&amp;subd=penultimafrontera&amp;ref=&amp;feed=1" width="1" height="1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><span lang="ES-MX"> Engrillado, con la primera luz de la mañana colándose por las rejillas, pensaba en sí mismo, en el juicio, la sentencia. Con una vida dejada al azar, ahora sus ojos miraban el cielo pálido con que el día se despedía de su existencia. Pese a esto, se diría que estaba en calma consigo mismo, tal vez como un método de supervivencia, la manera de no enloquecer frente a la ansiedad de que todo ocurriera ya, frente al terror a lo desconocido, al final de los recuerdos, el fin de sus afectos para personas que ya no lo querían. Parecía tranquilo, pero en el fondo preguntaba. Una idea, como las ideas que representan una manera de comprender la realidad, pero que no la explican. Y preguntaba.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-MX"> </span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:center;" align="center"><em><span lang="ES-MX">¿si el futuro es impredecible, entonces es necesariamente cierto que cada vez nos acercamos más a la muerte?</span></em></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-MX"> </span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:center;" align="center"><em><span lang="ES-MX">¿Por qué no creer que la muerte está a misma distancia para todos y que la mantenemos a raya a través de nuestros actos, la vida misma?</span></em></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-MX"> </span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent:35.4pt;"><span lang="ES-MX">Esto pensaba el hombre quien escuchaba los pasos de los guardias que se asomaban como siluetas y le repasaban con una rápida mirada. Luego se iban. Estaba solo, y la idea que regresaba.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-MX"> </span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:center;" align="center"><em><span lang="ES-MX">¿Y si siempre estamos a pocas horas de morir y sólo lo postergamos?</span></em></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-MX"> </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-MX"><span> </span>Un sacerdote dice algunas palabras, mientras muñecas y tobillos son engrillados. Los guardias lo levantan y sale de su celda. Esta vez el sol radiante se cuela en sus ojos como un pensamiento que cruzó en ese instante su mente, un pensamiento íntimo. Le pareció una voz, un susurro desde otro lugar. <span> </span></span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-MX"> </span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:center;" align="center"><em><span lang="ES-MX">Existe un punto de inflexión, un momento consciente, en que se destruye la equidistancia y comienzan a girar los engranajes de la muerte. Ya es cosa de tiempo, del mismo tiempo antes del final con que gozaría alguien de breve o larga vida, por igual.</span></em></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:center;" align="center"><em><span lang="ES-MX"> </span></em></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:left;" align="left"><span lang="ES-MX"><span> </span>“¿En qué momento hice girar esas ruedas?”, miraba sin comprender al sacerdote que llenaba de ecos los túneles de la cárcel, y miraba con ojos ajenos a todos los hombres –otros presidiarios- que lo aguardaron en sus celdas, de pie, en respetuoso silencio mientras transitaba y hacía rechinar las cadenas que se arrastraban por la loza fría. </span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:left;text-indent:35.4pt;" align="left"><span lang="ES-MX"><span> </span>Respiraba con dificultad, como reparando en toda la densidad del aire que recibían sus pulmones agonizantes. Iba a morir, lo sabía, y unas escalas más, una esquina u otro interminable pasillo daba exactamente igual, porque algo percibía, algo que lo confortaba y que le hacía sentir alivio frente a sus carceleros, a los reclusos, a sus víctimas inclusive:</span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:left;" align="left"><span lang="ES-MX"> </span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:center;" align="center"><em><span lang="ES-MX">El que vive más no muere después; el que vive menos, no muere antes; todos mueren al cabo del mismo tiempo, sin importar el largo de su existencia.</span></em></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:center;" align="center"><em><span lang="ES-MX"> </span></em></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-MX"><span> </span>Si la ceremonia se hubiese extendido por más tiempo, si en vez de vendarle los ojos le hubiesen permitido ver, o si en vez de morir con su cuerpo liberado y no atado a un larguero, sentado, con una escarapela en el corazón, debiendo escuchar el martilleo de los rifles antes del disparo, tal vez este hombre hubiese compartido su último pensamiento: </span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-MX"> </span></p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:center;" align="center"><em><span lang="ES-MX">El recién nacido, el anciano, media edad; todo el que muere tiene ese punto de inflexión que lo lleva al más allá, pero cuándo comienza, cuándo.</span></em><span lang="ES-MX"> <em>Tal vez estos pensamientos son ideas comunes para el agonizante, tal vez es una conducta más profunda… ¡Y si no hubiesen llegado estas ideas! ¡Éstas son las que inician la cuenta final! ¡Si no lo hubiese pensado!</em></span></p>
<p class="MsoNormal"><em><span lang="ES-MX"> </span></em></p>
<p class="MsoNormal"><em><span lang="ES-MX"><span> </span></span></em><span lang="ES-MX">Y al abrir la boca, muchos creyeron oír una súplica; otros, un grito de terror. Pero el hombre deseaba decir algo, decir tal vez lo único que hubiere valido la pena en una existencia que ya no está, que yace en un cuerpo ahora inspeccionado por uno de los rifleros que busca –pero que se niega a encontrar-signos vitales. Un gesto a sus hombres y se marchan. Se ha ido con todas sus maldades y las penas que provocó. Pero también, entre esa oscuridad, se enredó como una pequeña hebra una idea clara y profunda. Venida desde los aires limpios de su alma. Pero ya se fue. Su cuerpo se fue.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES-MX"> </span></p>
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